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Susurros al viento

La memoria (o amnesia) del corazón

La memoria (o amnesia) del corazón Quizá no debí abrir ciertas cajas de pandora, cajas de anticuallas, de flores secas, cartas y notas cubiertas de la fina pátina de olvido... porque una, con la mirada cosida en la nostalgia, la melancolía desprendida del recuerdo y la sonrisa medio rota, percibe los torbellinos de emociones acalladas imperativamente, como cuando te empeñas en meter a la fuerza un último trasto en un armario saturado de cacharros, sabiendo que si lo abres, inevitablemente muchos de ellos te caerán encima.

Unos te golperan, otros te lastimaran. Quizá otros ni los notarás, y otros sonrierás al encontrarlos, porque ya habías olvidado que los habías metido dentro...

Después de muchos soles, después de muchas lunas, nos volvimos a ver, a solas.

Y hoy me siento embriagada de reminiscencias del pasado. La otra noche rememoramos la secuencia de lo que compartimos, salpicada de buenos ratos, de travesuras, locuras y ternuras, y también pudimos recordar, arropados por el manto de la noche cómplice, escenas y palabras de instantes clavados en el tiempo que entonces nos escupíamos a la cara con frialdad, con la ira como cuchillo rajando las vestiduras de la fiebre de amor que padecíamos.

La otra noche fuimos capaces de cuestionarnos nuestras mútuas inquietudes, nuestras necesidades, nuestros anhelos, qué esperábamos aquellos días el uno del otro. Y descubrir en los gestos del que te contempla quién somos ahora, en que nos hemos convertido.

Yo me encontré con la borrosa imagen de quien conocí, pues no todo cambia, pero con la desperación del que está sufriendo, del que anda carente de calor fraternal, con las alas atadas, con la pena heredada de los golpes de la vida instalada en la mirada, y el arrepentimiento sincero y resignado.

Tu te encontraste con la huella del desaliento grabada en mis ojos, de alguien que aprendió algunas lecciones que únicamente el paso del tiempo te hace asumir, pero con mis alas desplegadas, sin ataduras, aunque con las puertas de mi corazón entornadas, evitando que la curiosidad indeseable asome a través de la rendija que tímidamente dejo abierta.

A veces me pregunto de qué se alimenta esta fuerza que nos une a través de los años... No será que nuestros días añoran esos momentos de juventud, flashes de fugaces emociones que arañaban la piel y descarnaban la pasión? Rescoldos, siguen quedando rescoldos, porque aún hoy, al volvernos a ver, nos aferramos a la vívida sensación de los lazos que nos unían...

Pero la razón gana la partida a la memoria del corazón. Esa memoria que sólo recuerda los buenos momentos, que me traiciona y juega conmigo a su antojo. Los momentos agrios, los que te bajan por la garganta y abrasan como ácido todo tu ser, revolotean y como una lengua negra e hiriente, lame aquella existencia pasajera, intentando asumir el papel protagonista que representó entonces.

No quiero anclarme en el mar lóbrego de tus ojos, donde mi barco naufragó tantas veces. En demasiadas ocasiones recogí los mástiles destrozados de mis esperanzas, cosí las velas arañadas de dolor, achiqué lágrimas, resbalé y caí por la borda de tu abismo una y otra vez. Hasta que fui capaz de alejarme de ti y arrojarme, sin mirar atrás, a surcar mis días en la nave de mis sueños, lejos de tus abrazos, lejos de aquel que tantas noches recorrió mi espalda con sus dedos, descubriendo juntos las mieles y hieles del despertar a la vida.

Yo navego hacia el oceáno, al encuentro de otros días de sol, de otros días de lluvia y posiblemente de muchas tormentas, pero al fin y al cabo... de nuevos días. Ya no puedo dar marcha atrás. Ahora ya sólo puedo reservarte un puñado de horas de mis atardeceres, unos oidos que te escuchen y unos labios que te aconsejen, que exorcisen por momentos tu desidia con mi risa pícara, una camarada y consuelo para tu tediosa soledad, pero nada más... la amnesia sólo dura el rato en que tu recuerdo me inunda. Nada más...

 

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